Lo encontré tirado en el piso del cuarto de mi hermano. No era de él ni de mi padre. Era negro con marrón en el área de los codos. Tan pronto lo agarré, sentí su suavidad, y su olor. Era un olor hechizante. Olía a detergente de ropa y a perfume de hombre. Ese olor me invitaba a imaginar la vida de su dueño. Tantas de versiones de “él” imaginé, que nunca lo pude recrear en mi mente. Ojalá pudiese conocer al dueño del suéter negro. Pero por ahora, me conformo con imaginarlo.